Altamira: Los pintores astrónomos

En palabras del investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias y director del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife Juan Antonio Belmonte, la arqueoastronomía “es una ciencia interdisciplinaria, a caballo entre la investigación astronómica y la investigación arqueológica, cuyo objetivo es estudiar las prácticas astronómicas de las civilizaciones antiguas, relacionadas con su visión del Cosmos y su ciclo cultural y/o económico”.
Para alcanzar este objetivo, los investigadores pueden recurrir no sólo a los vestigios arqueológicos del tipo de los grabados rupestres o los monumentales, sino también a los archivos escritos y orales existentes sobre la cultura objeto de estudio. En este sentido, la antropología y la etnografía también contribuyen a la hora de estudiar culturas de todas las épocas y lugares que han mirado al cielo tratando de descubrir sus anhelos más íntimos, en cual proyectaron sus dioses para dar sentido a un cielo sembrado de estrellas. De esta conjunción de técnicas de investigación nace una disciplina con menos de treinta años de existencia en el mundo, y que en España ha despertado el interés desde hace años de apenas media docena de científicos.
Por lo general, suelen ser los astrónomos quienes primero se interesan por la investigación de las referencias astronómicas antiguas, aunque paradójicamente es la arqueología la ciencia que mayor provecho saca de estos estudios. La razón es bastante evidente, puesto que al conseguir reconstruir el contexto astronómico de un yacimiento arqueológico, se puede datar de forma indirecta la edad del mismo e incluso, reconstruir junto a otros elementos las creencias de la cultura a la que pertenece. Por ejemplo, una construcción de culto solar con grabados alegóricos que en el pasado pudo estar orientado con perfección hacia el solsticio de verano, puede presentar en la actualidad varios grados de error; si calculamos el valor de dicho error y lo corregimos mediante cálculos astronómicos, podremos fechar con mayor precisión la edad del yacimiento.
Según el profesor Michael Hoskin, Catedrático Emérito de Historia del Churchill College de Cambridge y una de las máximas autoridades en la materia, que además a efectuado importantes estudios en nuestro país, “la explicación astronómica puede tomar múltiples facetas. Así, las tumbas podrían mirar hacia un punto del horizonte astronómico como, por ejemplo, aquel por donde sale una estrella determinada o por donde aparece el Sol en un día determinado del año; o bien hacia un conjunto coherente de puntos del horizonte como, por ejemplo, el lugar de la salida del Sol en el día en que se inicia la construcción de cada uno de los monumentos; o por el contrario, dirigir su mirada hacia un objetivo más general como, por ejemplo, la zona del horizonte por donde surge toda una constelación o, incluso, la región del cielo donde se producen ortos en lugar de ocasos, es decir, cualquier punto de la mitad oriental del horizonte”. Para este especialista, la labor del arqueoastrónomo se hace más compleja aún, cuando se comienzan a barajar las dificultades constructivas de la cultura edificadora, así como las perturbaciones que el monumento halla podido sufrir al cabo de siglos o milenios.
En España se han elaborado varios ensayos sobre investigaciones arqueoastronómicas llevadas a cabo en Galicia, Cantabria, Andalucía, Levante, Canarias y Baleares, aunque el material de estudio potencial se extiende a la práctica totalidad del territorio nacional, dado que nos encontramos en un campo de investigación prácticamente virgen.
El caso de Altamira y sus pinturas rupestres constituye un misterio aparte, puesto que no se buscó establecer un calendario o rito en base al movimiento del Sol o la Luna, sino representar con fines mágicos las estrellas.
Fué descubierta por Modesto Cubillas, de forma casual en torno a 1868, al adentrarse en ella un perro de su propiedad mientras cazaba. Sabedor de que Marcelino Sanz de Sautuola se interesaba por estas cosas, le comunicó el hallazgo de aquella cavidad cubierta por la maleza. Las pinturas fueron descubiertas por María Faustina Sanz Rivarola, su hija pequeña, cuando seguía a su perro, que se coló en la cavidad. Marcelino Sanz de Sautuola, lo dió a conocer en 1879. Desde entonces, el santuario rupestre de Altamira no ha dejado de causar admiración.
Máxima expresión del arte prehistórico, las célebres pinturas que alberga han desatado los más apasionados debates sobre su origen y significado. Altamira fue con diferencia el primer gran núcleo de arte rupestre paleolítico descubierto en Europa, gloria que posteriormente compartió con otros yacimientos franceses.

La buena conservación de sus pinturas ha permitido a los expertos trabajar directamente sobre ellas y extraer interesantes conclusiones sobre la cultura que las produjo, asociándolas de forma general con el pensamiento mágico-religioso del hombre del paleolítico superior. Por lo general, estas pinturas han sido interpretadas con diversos significados, desde su interpretación como símbolos mágicos, según la cual la representación de los animales de los que dependía el sustento de la comunidad, se efectuaba con el fin de favorecer la abundancia y la caza de los mismos, hasta la de eminentes paleolitistas como el francés Andrè Leroi-Gourhan que propuso el significado sexual de los grabados, relacionando a los toros y bisontes de Altamira con el sexo femenino, a los caballos con el masculino, y al resto, cabras, ciervos y jabalíes, como complementarios.
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Aunque desde hace algún tiempo ha surgido otra teoría más que interesante. Es la hipótesis propuesta por la doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, Luz Antequera Congregado. Tanto desde su especialidad académica, como desde su vocación innata, Antequera propone una lectura alternativa y sin duda revolucionaria para el Santuario de Altamira, vinculando el significado de sus pinturas con motivos astronómicos.

Su estudio se ha centrado de forma especial en las obras del Gran Techo, donde se concentran más de una veintena de motivos zoomorfos. “Parece muy arriesgado -asegura Antequera- decir que la sala de los bisontes de Altamira es una representación de la bóveda celeste, pero el hecho de que los animales se encuentren pintados sobre el techo podría ser significativo.” La experta encuentra verosímil que el pintor de Altamira quisiera reflejar la magnitud del cielo en la cueva, uniendo estrellas en el cielo de tal manera que formasen animales vitales para su subsistencia. De hecho, en esta misma sala se pueden encontrar grabados que han sido interpretados como chozas cónicas y que podrían corresponder con la misma lógica a representaciones de estrellas. Antequera va más allá, cuando afirma que “culturas muy distantes en el tiempo utilizaron representaciones similares de un objeto celeste. La representación del Sol que hacían los egipcios era muy similar a las cúpulas prehistóricas.” No en vano, a los expertos siempre les ha llamado la atención que de todos los animales representados, un mínimo porcentaje estén heridos, lo que no tiene mucho sentido si lo que se pretendía era crear un lazo mágico para cazarlos. Además, los puntos, discos e incluso medias lunas, aparecen con cierta frecuencia en los santuarios de la época.

Según esta hipótesis, la bóveda de Altamira estaría reflejando un mapa celeste, en el que incluso se podrían estudiar las correcciones que con el paso de los años se fueron haciendo y que han sugerido a los expertos la existencia de hasta cinco santuarios superpuestos durante miles de años. “Centrándonos en la zona de los policromos y considerando al caballo como representación de Pegasus, las demás figuras se adaptan, con bastante aproximación, a las principales constelaciones de la Vía Láctea y sus alrededores en el hemisferio norte. Variando la escala de algunas figuras y colocándolas sobre las constelaciones de un planisferio actual su forma coincide de una manera bastante significativa”, asegura Antequera. Teniendo en cuenta que las pinturas han sufrido modificaciones, es posible que en un principio, como se apunta en esta hipótesis, sólo se marcaran las estrellas para después ir superponiendo las figuras, pudiéndose seguir la lenta variación del polo celeste y de las estrellas en las “correcciones” de algunos animales. Este sería el caso por ejemplo de la estrella Fomalhaut (Alfa Piscis Austrini), que en Altamira formaría parte de la figura conocida como el «Jabalí galopando» que ha sido llamado así por la presencia de sus múltiples patas que sugieren movimiento. Para Antequera, este jabalí podría estar sustentando la superposición de otros animales que reflejarían el movimiento no de un animal real, sino de Fomalhaut y otras estrellas durante miles de años. Tanto los solsticios como los equinoccios podrían haber sido representados por primera vez en la historia en los techos de Altamira, aunque es en el terreno de las constelaciones donde encontramos las mayores sorpresas. Como ejemplo de la relación existente entre los dibujos policromos del Altamira con las representaciones que nos han llegado hasta la actualidad de las constelaciones, la experta en Bellas Artes propone los siguientes parecidos: Bisonte hembra→Osa Mayor, Bisonte que vuelve la cabeza→Perseo, Caballo de Altamira→Pegasus, Jabalí de la entrada→Can Mayor, Gran Cierva→Sagitario.
Las constelaciones han permanecido desde antiguo como modelos inmóviles para el hombre, aunque este ha proyectado sus dioses, miedos, etc. en función de la época y su cultura. Por ello, es posible que sean precisamente las constelaciones que representan animales, las que quizá conserven su origen paleolítico. La sorprendente lectura de las pinturas de Altamira proporcionada por la profesora Antequera, sobre la que desde los años veinte algunos investigadores han efectuado tímidas sugerencias, vendría a demostrarnos que los “pintores” de Altamira fueron los primeros –sin duda– que trazaron las constelaciones y sintieron el influjo del cosmos en sus vidas.